Un país de siete islas desafortunadas

(La geografía encrespada de un cuento inacabable)

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Nuestro país son siete islas desafortunadas, coro sinfónico de verdes estrellas que tras una cortina llameante de lenguas volcánicas, desperezaron sobre las mitológicas entrañas del Atlántico, como una caricia terrosa y abrupta, encinta de altas cumbres boscosas y costas paradisíacas de arena dulce.

¿Tal vez hayan oído hablar de ellas en alguna oferta de agencias de viaje?, ¿puede que conozcan su ubicación por noticias periodísticas o tan sólo tengan referencia de su nombre por las antiguas leyendas mitológicas?.

Con el ritmo acompasado de un tambor nostálgico y la dulzura longitudinal de una palmera, les remito a ustedes con sincero detalle un recuento espolvoreado de los más de quinientos años de soledad, la historia arremolinada de un archipiélago sumido entre la lucha por la conservación de sus maravillosas riquezas naturales y la cruenta realidad de una crisis irreversible de su medio ambiente.

Ya en su origen misterioso, desvelaba los sueños homéricos custodiando las manzanas de oro y la eterna juventud, confines del mundo donde se erguían las heroicas columnas de Hércules. Garabateadas en añejos pergaminos romanos, fueron la travesía fabulosa de andanzas vikingas, presa de ataques piráticos normandos, esbozo remoto del alfabeto fenicio y ruta para los primerizos navegantes cartagineses.

Sus bondades climáticas y tesoros naturales eran la canción de cuna para nobles hombres y mujeres que poblaron en armonía sus cuevas escarpadas y macizos montañosos, hijos del sol y amantes de la tierra, que bendecían sus cultivos con leche sagrada en el solsticio de verano y juraban palabras de respeto sobre los huesos memoriales de sus ancestros.

Entonces reinaba la memoria, pintaderas de barro guisado y grabados geométricos en piedra fueron las raíces de un rico legado que los refrescantes vientos Alisios dibujaban alevosamente, un cruce de caminos emblemático entre las dunas africanas, los suspiros del continente americano y el progreso alocado de la civilización europea.

Pero llegaron las crónicas oficiales, las siete islas desafortunadas fueron conquistadas por la cruz y la espada, sometidas por un yugo despiadado que clamando a un Dios misericordioso, convertía en esclavos de compraventa a quienes desconocieran su lengua y costumbres impuestas.

Así comenzaron los quinientos años de magua isleña, desbaratados sus bosques con la tala indiscriminada de la madera, señoriales ingenios y cultivos con fecha de caducidad esquilmaron su frágil territorio, el cuerpo fértil de sus tierras dividido en arbitrarias parcelas, el agua ansiada para los cultivos bajo candados terratenientes, la devastación impune de recursos singulares tan mimados por la sabia naturaleza.

Las antiguas Hespérides dieron paso a una colonia de ultramar bautizada como propiedad privada de la corona real española, un espacio amordazado que en el transcurso de los siglos fue culminando episodios de colorido dispar, la semblanza quimérica de una tierra con dragos milenarios escupiendo sangre y la genealogía fantástica proveniente de la desaparecida Atlántida.

Se fraguaron las aventuras resignadas de generaciones enteras que cruzaban el océano en barcos fantasmas para vencer la hambruna, legendarios hallazgos de ingeniería artesanal para engendrar frutos donde sólo había ceniza negruzca, y la perpleja ensoñación de haber sido testigos privilegiados en guerras mundiales con la arribada de submarinos nucleares y epidemias mortíferas a escasos kilómetros del desierto saharaui, el creciente deterioro de la capa de ozono por las urbes metropolitanas de los cuatro puntos cardinales, y la ascendencia sanguínea de revoluciones campesinas diseñadas en los sueños de José Martí y Simón Bolívar.

El sudor de un pueblo amputado, forjando las siluetas de su propia identidad, ya por siempre domeñado en la inercia del calendario gregoriano y desconocido en el espejo de su propia estirpe. Un sinfín de acontecimientos que pueden consultarse en distinguidas enciclopedias, páginas de hemeroteca o archivos de investigación universitaria, las más veces transmitidas de abuelos a nietos y tantas otras diluidas turbiamente por las catacumbas del olvido.

Con el estertor de los nuevos tiempos que corren, las sietes islas desafortunadas vagan a la deriva de un desarrollo voraz y claudicante, la pérdida irrecuperable de sus propias señas culturales, una vorágine apabullante de gigantescas autopistas, torretas petrolíferas amenazando la rica biodiversidad de sus mares, yermas urbanizaciones hoteleras que dan cobijo a millones de turistas cada año, impávidos y ajenos, ante el devenir histórico de una espiral dramática con eterno retorno.

¿Qué pensaría el insigne Alexander Von Humboldt al volver por los senderos del Valle de Taoro, rico en especies endémicas y exotismos botánicos, cuando distinga entre los bosques de Laurisilva prehistórica, la sombra espeluznante de un radar cancerígeno?.

¿Cómo le sentarían a Don Miguel de Unamuno, de nuevo exiliado en los idílicos paisajes arenosos de Maxorata, los juegos militares de la OTAN provocando el varamiento masivo de inocentes cetáceos en peligro de extinción?.

¿Cuál sería la reacción del gran novelista Benito Pérez Galdós, que nunca volvió a su casa natal, si le llegara la noticia del lamentable estado de conservación que padecen los yacimientos arqueológicos y bienes patrimoniales de todo el archipiélago?

¿El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, otorgaría finalmente a su escudero Sancho Panza el prometido gobierno de la Ínsula, a sabiendas de mezclarlo grotescamente con la galopante corruptela política de caciques y vende patrias que habitan por estas costas?

Nuestro país tiene un verano sempiterno, con temperaturas cálidas y lluvias refrescantes, de gentes pacíficas y hospitalarias que hablan con acento dulzón.

Por el extremo más oriental, de blanquecina arquitectura tradicional e indómito relieve lunar, los volcanes vivos de Timanfaya parieron en sus conos subterráneos afamados cangrejos incoloros y únicos en el mundo.

El ombligo de la más antigua, primogénita de kilométricas playas, alberga la montaña de Tindaya, lugar mágico de podomorfos míticos grabados en piedra, que padecen las embestidas arrolladoras del mercadeo gubernamental .

En el epicentro marino, juntas a la par, separadas por una raya imaginaria de administrativa mezquindad, se elevan impetuosamente las maravillas del Pico Teide y Roque Nublo, observatorios estelares de colosal maestría telúrica.

Agazapadas en su letargo primigenio, las islas más atlánticas parecen arrullarse colegialmente en columpio tricontinental.

Los amores vegetales en las cumbres del Garajonay, repicando en el eco de silbidos doloridos, los amaneceres pastoriles en El Julán retumbando con bailes sudorientos de pito y tambor, y en su vigilia infantil la frondosidad orquestal de Taburiente.

Canarias, latencia subtropical y terruño de faros indómitos, lugar de paso por antonomasia para aves migratorias, sin mayor redundancia la geografía encrespada de un cuento inacabable, ya espera anhelante su propio lugar en el mundo.

¿Han visto alguna vez la isla de San Borondón?.

22 de Octubre 07

Samir Delgado

Un país de siete islas desafortunadas

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