Federico García Lorca (Asesinado por los fascistas entre Víznar y Alfacar, Granada, 19 de agosto de 1936)

 

CIELO VIVO*

Yo no podré quejarme

si no encontré lo que buscaba.

Cerca de las piedras sin jugo y los insectos vacíos

no veré el duelo del sol con las criaturas en carne viva.

Pero me iré al primer paisaje

de choques, líquidos y rumores

que trasmina a niño recién nacido

y donde toda superficie es evitada,

para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría

cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Allí no llega la escarcha de los ojos apagados

ni el mugido del árbol asesinado por la oruga.

Allí todas las formas guardan entrelazadas

una sola expresión frenética de avance.

No puedes avanzar por los enjambres de corolas

porque el aire disuelve tus dientes de azúcar,

ni puedes acariciar la fugaz hoja del helecho

sin sentir el asombro definitivo del marfil.

Allí bajo las raíces y en la médula del aire,

se comprende la verdad de las cosas equivocadas.

El nadador de níquel que acecha la onda más fina

y el rebaño de vacas nocturnas con rojas patitas de mujer.

Yo no podré quejarme

si no encontré lo que buscaba;

pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos

para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría

cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos,

sobre grupos de brisas y barcos encallados.

Tropiezo vacilante por la dura eternidad fija

y amor al fin sin alba. Amor. ¡Amor visible!

*Extraído de Poeta en Nueva York.

 

Fusilamiento de estudiantes (Cuba, 1871)- Memorias de Nicolás Estévanez

Nicolás Estévanez  (Las Palmas de Gran Canaria, 17 de febrero de 1838 – París, 19 de agosto de 1914)

Extraído de “Fragmentos de mis memorias”*

El día 27 –creo que fue el 27- lo pasé en mi casa leyendo todo el día, sin que llegaran a mí noticias ni rumores. A la tarde salí tranquilamente con dirección al Louvre, y me llamó la atención que estuvieran solitarias las calzadas y silenciosas las calles de San Rafael. Todas las tardes a la misma hora estaba el café del Louvre, como los contiguos, rebosando gente, y me detuve a la puerta, muy sorprendido de que allí no hubiera casi nadie. En aquel momento llegó a mis oídos el ruido seco de una descarga cerrada.

-          ¿Qué ocurre…? – le pregunté a uno de los camareros.

-          Que los están fusilando.

-          ¿A quién?

-          A los estudiantes.

Nunca, ni antes ni después, en ninguno de los trances por los que he pasado en la vida, he perdido tan completamente la serenidad. Me descompuse, grité, pensé en mis hijos, creyendo que también los fusilaban; no sé lo que me pasó; ahora mismo no acabo de explicármelo.

(…)

No dormí; formé el propósito de abandonar la isla, donde cualquier día podría tener la desgracia de formar parte de algún consejo de guerra, y yo no era capaz de condenar inocentes por ningún género de consideraciones. Aquella noche de insomnio y pesadillas la recuerdo ahora como un delirio confuso, como un tormento borroso por la distancia, como el martirio de un hombre a quién arrancan de cuajo, no los miembros, sino el alma, los más arraigados sentimientos y todas las ilusiones.

Yo no conocía más que a uno de los fusilados; no lo había conocido en Cuba, sino en Llanes, cuando él era muy niño; pero lo que agitaba mi conciencia y perturbaba el ánimo no era solamente el crimen de esa humanidad, sino también el baldón eterno para España.

*Estévanez, Nicolas, Fragmentos de mis memoria. Viceconsejería de Cultura y Deportes Gobierno de Canarias, Islas Canarias, 1989