Pero, pese a todo, necesitamos recordar a Javier Fernández Quesada, recordar para pedir justicia, para romper el círculo de la infamia. Recordar para que la impunidad de la historia no oculte a sus asesinos, a los que dieron las órdenes y a los que han enterrado la verdad a lo largo de 34 años, esos también lo mataron.
No somos defensores de ese “deber ser” imperativo que algunos se empeñan en insertar en todas las experiencias. El mandato, aunque sea nuestro propio mandato, nos aleja de la espontaneidad, de esa ingenuidad creativa, y, en nuestro caso particular, nos aleja de nuestras propias raíces; puesto que nosotros hemos tratado de dar sentido, en el día a día de nuestra formación “militante”, a cierta rebeldía que plantee la contraorden y la disidencia como algo real, y no solo como algo supuesto. Una disidencia que nos sitúa en un plano diferente. A fuerza de machacar y roer convencionalismo, hemos aprendido, en esa batalla constante, en esa guerra interior, a no dejarnos impactar por la solemnidad y las escenificaciones, más o menos compasivas, de un dolor que no se siente y, en muchos casos, de un dolor que nunca se sintió.
Algunos, desgraciadamente, han creído que era suficiente con consensuar el dolor frente a la perdida de una vida en circunstancias terribles. Para algunos, rechazar la muerte del joven estudiante, como muerte innecesaria, fruto de la contingencia de un día “gris” o de la casualidad -esa ruleta bastarda que es el destino-, puede ser lo adecuado. Leer un poema y un minuto de silencio, un minuto de consenso democrático, de estremecimiento calculado y de breve ternura. Para algunos, eso es lo justo. Otros, los más exigentes, tratarán de reconciliarse con el recuerdo, tratarán de “fijar la memoria”, a la manera de ejercicio inútil en el que solo se consigue desnaturalizar al héroe caído. La distancia y la imaginación jugarán en su contra. Aunque la consigna sea no olvidar, la ritualización del recuerdo convierte el dolor en ejercicio militante sin “alma”. En esa necesidad de salvar la distancia temporal, ahora que ya no se pueden detener las balas, se produce una extraña reconciliación con la muerte, lo innecesario se convierte en necesidad, y el caído en un motivo iconográfico, una cáscara vacía que ya no puede conmover ni movilizar. En suma, no se consigue ejercitar un movimiento colectivo y general que reivindique la historia como nuestra historia colectiva. No se logra un sentimiento mayor, con la suficiente fuerza, y el recuerdo es algo que muere a la espera de otro aniversario.
Pero, pese a todo, necesitamos recordar a Javier Fernández Quesada, recordar para pedir justicia, para romper el círculo de la infamia. Recordar para que la impunidad de la historia no oculte a sus asesinos, a los que dieron las órdenes y a los que han enterrado la verdad a lo largo de 34 años, esos también lo mataron.



