MUERTE EN ALICANTE

                                                                                                  Ángel Escarpa Sanz

Primero, a la semana del accidente, la ofrecieron 90.000 euros, pasado un tiempo y en vista de que rechazaba la oferta la ofrecieron 80.000. Bajaron hasta los 60.000 euros, antes de abandonar las negociaciones con esta mujer, que había perdido a su esposo en un accidente laboral ocurrido el 19 de septiembre de 2008, estando éste prestando sus servicios para la empresa naviera Boluda, y como consecuencia de la rotura de una barandilla podrida del barco donde Rafael Fernández (45 años) trabajaba, en el puerto de Alicante, y cuyo cuerpo cayó sobre el cemento.

Actualmente, el día que me acerco al lugar donde esta mujer, acompañada de dos de sus hijos, en edad universitaria ambos, está acampada en huelga de hambre y como forma de protesta por la indefensión ante la empresa, ante las oficinas de la empresa, sin más abrigo que una tienda de campaña unipersonal, donde duerme cuando el paso continuo de camiones se lo permite (zona portuaria de Las Palmas de Gran Canaria).

Permanezco una hora con ellos y me desgranan en pocas palabras la desoladora situación por la que están pasando.

A la pérdida del único sustento económico de la familia, así como la figura irreemplazable del padre, el esposo fallecido, se suma una más que delicadísima situación por la renuncia al piso donde vivían, habiendo tenido que buscar un nuevo alojamiento, que no saben muy bien cuánto les durará, dada su actual situación económica, en la que tienen que recurrir a la caridad para comer.

Violeta López inició esta huelga de hambre ante las oficinas de Boluda el 3 de abril, y, visiblemente cansada, espera que los buenos oficios del actual abogado, especializado en temas laborales, despejen la angustiosa incógnita que se cierne sobre esta familia trabajadora.

Éste es el verdadero rostro de la crisis: empresas de declarada solvencia que, ante una situación económica más que crítica de amplios sectores de la clase trabajadora, muestran su verdadero talante negociador.

Estos son los empresarios del tiempo del Sr. Rajoy y del actual Borbón, la verdadera cara de un sistema que, no contento con la pérdida de un obrero por la falta de seguridad en el trabajo, le regatea a la baja el precio de su vida, como la empresa de “handling” que nos extravía una maleta en unas vacaciones y se niega a indemnizarnos.

Esto es lo que nos espera en estos días en que todo tiene un precio y todo es susceptible de ser objeto de recorte. La moral está de rebajas. ¿Cuánto vale un hombre tras treinta años de trabajo? ¿Cuánto cuesta despedir a una mujer para contratar a otra más barata con la nueva reforma laboral? ¿Cuánto están dispuestos a tragar trabajadores y sindicatos? ¿Hasta dónde alcanzará la paciencia, la capacidad de ajustarse el cinturón del ama de casa, el jubilado de insuficientes ingresos; el universitario que ya no puede renunciar a nada más, pues un negro futuro de mierda se abre ante él?

Pasan los ruidosos camiones por la vía donde está acampada esta humilde mujer y no pudo por menos que preguntarle de qué manera ha expresado la ciudadanía, los trabajadores, su solidaridad con un caso tan sangrante como éste. Ella responde que los conductores hacen sonar el claxon a su paso por el lugar, militantes del PCPC y de IU la han acompañado en este trance; y emisoras de radio solidarias, así como periódicos digitales alternativos, se han interesado y han informado (el miedo a perder el trabajo no da para mayores solidaridades en estos tiempos).

Evidentemente, se mire como se mire, lo que realmente está en crisis no es sólo el sistema capitalista que nos ha traído hasta aquí. Si no estas gentes, esta ciudadanía que no duda en llenar los estadios cuando desembarcan aquí con su cargamento de alienantes canciones los numerosos Bisbal, los numerosos y tediosos cantautores que, con sus soporíferos temas, como asalariados de este letal sistema, ponen a aullar a lo más granado de nuestra juventud. Esas gentes que lo mismo acuden de costaleros a una procesión de Semana Santa que a una mani del 15M, sin otro criterio que llenar con sus gritos y su cabreo calles y plazas; sin otra ideología que la que se desprende de su “malestar social” y de tener que renunciar al viaje a Europa para el encuentro de su equipo favorito con el Dinamo de Kiev.

¿Dónde están ahora las numerosas banderas de la indignación, los numerosos y ocurrentes eslóganes de ayer, las más o menos afortunadas frases reivindicativas que ponían en la picota tanto al Gobierno del PSOE como al del PP, sin olvidar a Coalición Canaria, que contemporiza con ambos con tal de no perder su puesto en el lugar de salida para las próximas elecciones? ¿Dónde los independistas con sus gritos soberanistas, sus banderas, su desprecio por los “godos”; dónde los sindicatos de clase, las asociaciones vecinales, las plataformas contra esto y aquello?

Además del cabreo y la indignación que pueden unirnos como trabajadores, como ciudadanos, si queremos enfrentarnos a la actual situación y lo que se adivina en el horizonte tendremos que reconsiderar dónde depositamos, donde invertimos nuestro capital de entusiasmo, nuestros recursos de lucha. Puede resultar hasta festivo participar en una movilización popular, pero no si no somos escrupulosos en escoger el frente, el aliado de clase; podemos llevarnos la sorpresa de ver que incluso la extrema derecha podría utilizar una parte esencial de nuestras fuerzas, que son esa población que no quiere saber nada de los partidos tradicionales de la izquierda, entendiendo que nadie les representa, que tan corruptos pueden llegar a ser unos como otros en la administración de la cosa pública.

Y así nos va. La unidad de la izquierda que tanto reivindicamos en las manis no se hará porque unos señores se sienten a negociar y a comer en un restaurante de prestigio en Madrid. La unidad de la izquierda, acompañada de una sólida formación ideológica, sólo vendrá cuando todos,  trabajadores y estudiantes, hombres y mujeres, decidamos por nosotros mismos cual es nuestro lugar en la lucha y quiénes realmente son nuestros aliados y nuestros enemigos. Saber quiénes son estos y quiénes nos acompañarán más allá de las conquistas, por la mera lucha.

Creo recordar que fue el subcomandante Marcos quién afirmó aquello de: “la solidaridad es la ternura de los pueblos”. Podríamos añadir que la solidaridad es una dilatada trinchera desde la que se combate la indiferencia, las posiciones individualistas, todo aquello que nos niega como seres sociables, como revolucionarios.

La solidaridad distingue al que se queda en casa, esperando a que sean los mismos que nos metieron en este laberinto los que nos saquen de él, y los que creen que las batallas se ganan en la calle, en el tajo, en los medios alternativos.

Aprovechar cualquier conflicto, transformar en arma cualquier despido, cualquier desahucio, cualquier atropello de nuestros derechos, será el camino para homogeneizar a nuestra clase para avanzar en las transformaciones,  obviando si esto es más rentable políticamente que aquello.

Organizar la solidaridad, esa debiera ser la senda por donde avanzar. Y si en esa senda contribuimos a crecer ideológicamente, ninguna caída ni ninguna muerte nos serán ajenas. Porque no hay muertos de primera y de segunda clase.

Ojalá y cuando lleguen a vuestras manos estas líneas esta mujer y sus hijos hayan vuelto ya a su casa, resuelto ya el conflicto que tenían.

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