La Mentira

Germánico Álvarez Rodríguez*

El fascismo ha resucitado; algunos dijimos que nunca había muerto, que solo dormitaba. Pero la bestia ha despertado de nuevo en el corazón del continente europeo y amenaza con arrastrar a millones de almas al negro abismo de la barbarie y la esclavitud. Sus sicarios ahora han cambiado el uniforme militar por el traje de diseño y la corbata de ejecutivo, ya no amenazan -de momento- con armas, sino con miseria. Pero su objetivo sigue siendo el mismo: Esclavizar a la humanidad, someter a las naciones, saquear las riquezas de los pueblos y perpetuar ad eternum su tiránico poder.

Los poderes fácticos; el Estado y el gran capital, patrocinadores y beneficiarios de la barbarie organizada y exportada a escala planetaria ayer y hoy, han aprendido no obstante de los errores del pasado, para ellos el acontecer histórico no es otra cosa que evolución constante y perfeccionamiento, y dado que desde los primeros asentamientos sedentarios el hombre ha padecido la tiranía, la consecuencia del proceso histórico es que nos enfrentamos a la dictadura perfecta, al más refinado sistema de opresión y esclavismo. Desgraciadamente, el pueblo y sus representantes legítimos no han demostrado tal virtud, incurriendo frecuentemente en errores que debieran estar ya harto superados. El poder ha forjado pues un arma temible que ya esgrime contra millones de seres inocentes. No son los artefactos bélicos, caros de construir y mantener, ni la fuerza militar en sí misma, la cual, a pesar de su apabullante intimidación acaba siempre por unir a los pueblos en su contra y siendo asimismo rechazada. Es la mentira.

Toda forma de esclavismo desde el amanecer de los tiempos ha precisado de un fundamento legitimador, incluso entre aquellos de sus instigadores que lo practicaron a sangre y fuego, siempre existió un discurso justificador en la odiosa relación amo-esclavo, de lo contrario el rechazo a tal sistema de explotación no se hacía esperar. El mecanismo iniciador de tal relación fue en muchas ocasiones la deuda. En la milenaria civilización hindú es atávica la práctica por la cual un préstamo de intereses impagables terminaba atando al prestatario -el que recibe- a la voluntad del prestamista de por vida. La biblia también hablaba de esta práctica proscrita e inmoral, también conocida como usura, en la que el prestamista busca, en última instancia, adueñarse de todo el patrimonio del desdichado que no podrá pagar las abusivas cláusulas que le han sido impuestas. Así, de forma tan vulgar y sencilla, una banda de criminales internacionales está logrando encadenarnos a todos a una deuda que no podremos pagar nunca, debiéndoles en consecuencia nuestra voluntad y patrimonio, arrojándonos así a la lamentable condición de esclavos. ¿Y cómo es que las personas no se revuelven violentamente este pérfido yugo que las oprime y condena? Sencillamente porque no perciben con suficiente claridad que tal estado de cosas es un fraude, una farsa inmoral y diabólica que debe ser barrida de la faz de la tierra. A tal confusión contribuye de forma determinante la institución que nos ha adoctrinado y ha dado forma a nuestro modus vivendi a través de un sistema legal que autoriza y consolida las diferencias arbitrarias e injustas entre las personas. Todos estos elementos, y aún más, dan forma al discurso que la sociedad entera asumió como auténtico y válido ya en tempranos años, por lo cual ha quedado asimilado en nuestro fuero interno, en nuestra propia identidad.

Es así como se llegan a aceptar y hasta a amar las cadenas que laceran nuestra existencia. Es así como el enemigo se vuelve invisible ante nuestros ojos y como el dolor que sus ataques provocan causan el lógico desasosiego de quien se siente atacado pero no identifica al agresor y termina por señalar el dedo acusador contra sí mismo y sus semejantes. Es así como la vida se transforma en un ente cruel e incomprensible que devora toda esperanza presente y futura. No nos damos cuenta de que la realidad que amenaza con tragarnos no es más que una fina cortina de engaños y falacias, y que detrás está la verdad que nosotros queramos construir, la vida que queramos vivir. Hasta que no caiga el telón de la mentira no seremos otra cosa que esclavos, no habrá un mañana digno de ser vivido.

*Germánico Álvarez Rodríguez es colaborador de www.amec.wordpress.com

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