AMEC anima a todos los estudiantes de las Islas a sumarse a la jornada de huelga convocada para este jueves 24 de octubre [Nota de prensa]

  • AMEC secundará la concentración programada por Asambleas ULL para el jueves a las 11:00 h en las escaleras del Edificio Central de la ULL
  • La Asamblea también se sumará a la manifestación convocada para la tarde de ese mismo día (19:00 horas) por la Comunidad Educativa Canaria

La Asamblea del Movimiento Estudiantil Canario (AMEC) considera que la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) se define en la misma línea ideológica que los distintos procesos privatizadores que se han vivido en la enseñanza superior. La LOMCE es un paso más en el desmantelamiento de la educación pública y, al igual que el Plan Bolonia, supone la mercantilización de la enseñanza, la consolidación del alumno mercancía, la segregación por motivos socioeconómicos, la instrumentalización del aprendizaje y la aplicación de criterios de productividad. La LOMCE debe ser ubicada en el marco  de la progresiva privatización del sistema educativo.

La LOMCE, el Plan Bolonia, los recortes en educación, la subida de las tasas y la paulatina desaparición del sistema de becas se traducen a una sola palabra: desposesión. El proceso liberalizador, la ampliación del mercado para que el gran capital maximice sus beneficios, sigue avanzando con la excusa de la crisis económica. Una crisis donde el capitalismo se muestra en toda su crudeza, señalando las características generales que describen el mundo laboral que se ha consolidado en los últimos años: agudización de la explotación y precariedad absoluta.

Teniendo en cuenta todo esto, la sociedad no puede emprender una batalla contra la LOMCE mostrándola como si fuera un hecho aislado dentro de un contexto de “normalidad”. Decir NO a la LOMCE debe suponer decir NO a esta situación de desposesión masiva y generalizada que sufre la población. En este sentido, la LOMCE se ubica directamente en la trama de una educación pública en crisis. Esta crisis de lo público tiene, asimismo, sus responsables a todos los niveles. AMEC considera necesario señalar al Gobierno del PP, al presidente Rajoy y al Ministro Wert; pero no sin obviar la responsabilidad del presidente autonómico, Paulino Rivero (CC), y su consejero de educación, José Miguel Pérez (PSOE), responsables del recorte presupuestario, la eliminación de becas y la subida de las tasas.

En otro plano, pero a la misma altura en lo que a responsabilidad se refiere, se debe señalar a los rectores de las universidades públicas canarias, Eduardo Doménech Matínez y José Regidor García, que, como mandatarios de los dos mayores centros educativos de las islas, no han dudado en promover un modelo de universidad mercantilista, generando y aplicando, al mismo tiempo, normativas excluyentes. Las universidades canarias están siendo privatizadas desde dentro por sus propios gestores. Como se recoge en el manifiesto conjunto firmado por todos los convocantes de la huelga del 24 de octubre:

(…) las universidades públicas canarias, con la complicidad de sus rectores, José Regidor y Eduardo Doménech, imponen este curso sus “normas de permanencia y progreso”, con las cuales se degrada aún más la enseñanza universitaria, y el estudiantado tendrá aún más dificultades para poder realizar sus estudios, pues impiden que se le puedan organizar los mismos en función de sus necesidades, obligándoles a matricularse de un número mínimo de créditos, y de las asignaturas pendientes, lo que con las abusivas tasas universitarias, se hace imposible en muchos casos, por lo que un elevado número de estudiantes no podrán terminarlos. Esta normativa de “permanencia y progreso” no es más que un ejemplo del modelo mercantilizado de Universidad que supone el Plan Bolonia. Además, se impone la privatización de los servicios universitarios en una doble vertiente, por un lado, la implantación de universidades privadas en las Islas, y, por el otro, la privatización encubierta de las universidades públicas por medio de la gestión de servicios universitarios que hacen las fundaciones empresa radicadas, a la manera de administraciones B, en los centros públicos de educación superior”.

En estas circunstancias, solo queda retomar activamente la lucha estudiantil y no dejar pasar una más, a juicio de AMEC. Los estudiantes deben ser conscientes de que no solo se trata de secundar una jornada de huelga y tomar las calles por unas horas, sino de tomar consciencia de que las mentiras y las promesas del Sistema ya no se sostienen; asumiendo, por tanto, el papel de vanguardia en una lucha mayor, que deberá implicar al conjunto de la sociedad.

Por todo esto, contra la  Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), contra la Convergencia Europea, contra la subida de las tasas y la mercantilización del aula y del estudiantado, en defensa de una educación pública, gratuita y democrática, desde AMEC hacemos un llamamiento a todos los estudiantes de las Islas para que se sumen a las jornadas de Huelga Estudiantil el próximo jueves 24 de octubre.

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El caos de las titulaciones [El País 20/09/2011]

SERGIO MEDINA MARÍN – La Puebla de Montalbán, Toledo – 20/09/2011

Es lamentable el caos que existe actualmente en la Universidad española y en el resto de organismos de la Administración en relación a las nuevas titulaciones universitarias implantadas con el Plan Bolonia. En mi caso, tengo la titulación de Grado en Ingeniería de la Edificación; esta titulación habilita legalmente para desarrollar la profesión de arquitecto técnico. La titulación de graduado en Ingeniería de Edificación es la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior de las enseñanzas universitarias de Arquitectura Técnica.

Pues bien, al presentarme a una convocatoria de empleo público del CSIC, cuál es mi sorpresa al comprobar que he resultado excluido de esa convocatoria, sin posibilidad alguna de alegación, ya que dicho organismo no reconoce esta nueva titulación, reconociendo solamente la de arquitectos técnicos.

¿Cómo puede ser que un organismo público no reconozca esta adaptación-equivalencia entre los nuevos títulos y los que ya existían?.

No me hables de Oxford

Los cacareados ‘rankings’ de universidades son como las listas de éxitos populares. Pero la excelencia no es lo mismo. Los criterios de evaluación basados en la rentabilidad son toda una amenaza.

JOSÉ LUIS PARDO 01/05/2011, EL PAÍS.

Por si fuera necesario, confieso de entrada mi admiración por universidades como las de Harvard, Yale, Cambridge, Oxford, Berkeley, París y otras, y añado que no solamente no tengo (ni he conocido a nadie que tenga) reparo alguno en que las universidades españolas se parezcan a las de esa lista, sino que estaría encantado de que así fuera, como también me gustaría que España se pareciera en muchos otros indicadores a los países en donde residen esas instituciones.

Sin embargo, y por desgracia, a pesar de que el logro de este parecido fue una de las coartadas para su implantación, no tengo (ni he conocido a nadie que tenga) la impresión de que eso vaya a ocurrir con el Plan Bolonia -quien quiera darse un paseo por las universidades recién reformadas podrá ver que sus campus, incluso los nombrados “excelentes”, siguen sin tener aún una atmósfera oxoniense, y que incluso son un poquito más cutres que antes y más parecidos a los patios de recreo de la ESO-; tampoco me parece que vaya a ser este el resultado de la aplicación de la burocracia delirante de las Agencias de Evaluación y del fascinante Estatuto del Profesorado que permitirá llegar a catedrático a base de ocupar puestos de gestión y con un cero en investigación (véase La universidad que viene: profesores por puntos, tribuna de J. A. de Azcárraga, en EL PAÍS del 3-3-2011). Finalmente, descreo también de que se vaya a alcanzar este objetivo practicando lo que el profesor José Montserrat, en una carta al director, llamaba acertadamente el “nacionalismo científico” defendido en estas mismas páginas por los profesores Ortín y Álvarez (No hay ciencia sin competición, EL PAÍS del 12-3-2011) y por todos los que nos marean con los famosos rankings de las mejores universidades del mundo.

Y no es que yo niegue la validez de estas clasificaciones: eso sería por mi parte tan estúpido como dudar de la eficacia del rating de la deuda por parte de las agencias de calificación del riesgo financiero, cuando veo la eficacia con la que disminuyen mi salario todos los meses. Pero así como los más de 3.000 firmantes del Manifiesto de economistas aterrados (Pasos Perdidos, Madrid, 2011) tienen dudas de que los mercados sean los mejores jueces de la solvencia de los Estados, yo también albergo algunas sobre la imparcialidad de esas clasificaciones, que guardan con la excelencia científica una relación parecida a la de la lista de Los 40 Principales con la calidad musical: nos dicen qué es lo que más se vende (y, en ese sentido, lo más competitivo), pero no siempre lo más vendido es lo mejor -espero que se me dispense de tener que argumentar exhaustivamente esta afirmación, acerca de la cual puede consultarse el instructivo Adiós a la Universidad, de Jordi Llovet (Galaxia Gutenberg, 2011).

Si nos llenan de admiración nombres como los de Oxford y Cambridge no es solo ni principalmente porque aparezcan en los primeros puestos de un hit parade del mercado del conocimiento que se publica desde hace cuatro días. Como señalaba Juan Rojo, para conocer la calidad de una universidad “no hace falta ningún formulario, ni el seguimiento del número de tutorías, ni el control del número de alumnos por clase. Ni siquiera hace falta usar la palabra Bolonia. Basta con atenerse a su prestigio científico reconocido”. (El segundo principio de la termodinámica, EL PAÍS del 31-3-2011). Esa superioridad se debe, entre otras cosas, a la tradición que ha convertido a esas instituciones en lo que algunos llaman despectivamente “mausoleos de sabiduría”, tradición que no hace reposar la excelencia solamente en llegar el primero a la meta (que no es precisamente el origen de la noción de “excelencia” que tan orgullosamente manejan hoy los partidarios del Espíritu Deportivo), sino ante todo en la autonomía del saber científico con respecto a los poderes económicos y políticos que siempre han tenido la tentación de controlar el conocimiento y de ponerlo a su servicio, siendo su independencia uno de los signos distintivos de las universidades desde que la ciencia se separó de la magia y de la teología.

Y este es uno de los motivos por los que me parecen preocupantes la confianza en la autorregulación del mercado del conocimiento mediante la libre competición -una creencia sobre la cual la actual situación económica mundial podría arrojar al menos algunas dudas- y la pretensión de sustituir las viejas universidades por nuevos “centros de producción de conocimiento”. Pues, como señala acertadamente Simon Head en su comentario del último enero a El capitalismo académico y la nueva economía (Johns Hopkins U.P., 2011) en la revista de libros de The New York Times, lo que amenaza la calidad y la libertad académica de las universidades (incluidas Oxford y Cambridge) son los procedimientos de evaluación que hacen depender su continuidad y su sostenibilidad de parámetros fijados en términos extracientíficos, concretamente de la rentabilidad en la producción de conocimientos que tanto defienden los patrocinadores de los rankings universitarios, porque en este caso se corre el peligro de que -solo es un ejemplo- sean las empresas farmacéuticas las que decidan la orientación de la investigación en química orgánica o las Consejerías de las comunidades autónomas quienes determinen la dirección de los estudios de filología clásica. Por supuesto que puede uno defender, incluso por motivos patrióticos, ese modelo de producción competitiva para el mercado del conocimiento, pero quien lo haga debe admitir claramente que comporta la destrucción de las universidades ilustradas modernas tal y como las conocemos desde el siglo XVIII, del mismo modo que algunos dicen -basándose en clasificaciones completamente objetivas con respecto a la pujanza de los llamados “países emergentes”- que la democracia resulta poco competitiva en una economía globalizada.

En cuanto a las observaciones de psicología profunda y antropología fundamental sobre la esencia competitiva de la naturaleza humana con las que a veces se sazona esta polémica, su carácter puramente ideológico y vacío resalta claramente en el contraste entre la grandilocuencia de su retórica y la pobreza y confusión de sus argumentos (no se puede defender a la vez el carácter cooperativo y competitivo de la ciencia). Lejos de mí, en cualquier caso, la intención de minimizar el alcance del afán de gloria a lo largo de la historia de la humanidad: nunca faltaron guerras para atestiguar su inequívoca importancia. Pero si, a pesar de nuestros inveterados instintos bélico-deportivos, admitimos que no todo vale para ganar -pues el asesinato, la extorsión, el chantaje y la violencia son altamente competitivos y sin embargo los castigamos-, es que aceptamos que hay algo más importante que la competición misma, algo que es de otro orden que ella y a lo que ella debe someterse y que ha de limitarla, algo que los clásicos llamaban verdad, justicia y belleza (tres marías que, ay, tampoco van a salir en los rankings de la producción de conocimientos), algo que seguramente sigue pesando en el hecho de que, fueran cuales fueran los resortes psíquicos de los hombres que hicieron los descubrimientos correspondientes, todavía nos da un poquito de vergüenza decir que el teorema de Pitágoras, la ley de caída de los graves de Galileo o la teoría de la relatividad especial nos parecen admirables porque son muy competitivos.

Y es que la competitividad no deja de ser una relación entre los hombres. La ciencia, por el contrario, es primariamente una relación con las cosas que, por ser irreductible a las rivalidades humanas, puede a veces servir para hacer una paz digna entre mortales. Pero cuando la verdad acerca de las cosas se subordina a las ambiciones y rivalidades de los hombres, aunque ello suponga éxitos económicos o políticos a corto plazo, puede suceder que los puentes elevados bajo ese principio se derrumben al primer vendaval o que los edificios erigidos sobre esa base se vengan abajo dejando a la intemperie a sus habitantes, a pesar de haber ocupado en las clasificaciones mundiales un puesto tan glorioso como el de Lehman Brothers unos días antes de su quiebra, porque la naturaleza acaba sancionando -a menudo de forma poco diplomática- la miopía, la irresponsabilidad y la incompetencia de ese punto de vista tan deportivo.