Las webs de la ULL no están dando un buen servicio

La Universidad de La Laguna está funcionando a dos tiempos, en ese sentido, conviven prácticas administrativas e informativas propias del siglo XIX junto con los últimos adelantos tecnológicos del siglo XXI. Mientras los mecanismos clásicos no han perdido su eficacia de nivel medio, las nuevas tecnologías de la información no están siendo usadas de la forma más adecuada. La ULL no ha conseguido que su red de medios funcione de una forma apropiada; las webs de las distintas facultades no proporcionan, de forma eficaz, la información que demanda el usuario.  Estamos muy lejos de la “excelencia” en cuestiones telemáticas, cuestiones que marcan las diferencias entre universidades de primera y de segunda.

Dadas las circunstancias, le hemos escrito al Sr. Rector para solicitarle una mayor implicación en este tipo de “detalles”, especialmente, le hemos demandado la publicación de la información relativa a las convocatorias de examen: “al alumnado no se le está facilitando la información de forma correcta sobre las convocatorias de exámenes, siendo de especial urgencia la publicación de la convocatoria de diciembre”.

 

Mitos de la “nueva economía”

En este fragmento de Alex  Callinicos*, publicado en español en 2002, se resume, en esencia, buena parte del discurso de la denominada “Economía del conocimiento”**. Callinicos nos descubre las contradicciones de uno de los principales argumentos que sustentan la “tercera vía”***:

“(…) a la manera clásica de la “tercera vía”, podemos tener el pastel y comerlo –fusionar el dinamismo capitalista aplaudido por la nueva derecha con la justicia social  que buscaba la vieja izquierda”.

Por otra parte, la noción de “Economía del conocimiento” justifica, ideológicamente, la Convergencia Europea [el plan Bolonia], es decir, la liberalización [privatización] de la Educación y, por extensión, la de todo el sector público. Como podemos apreciar, los teóricos de la socialdemocracia tardía han distorsionado el discurso de “lo público”, proyectando una imagen negativa de todo aquello que haga referencia al “espacio público” para propiciar el debilitamiento de los argumentos contrarios a los procesos privatizadores:

“Espera ansioso que el régimen tributario moderno se atrofie y que el acceso de los individuos a la seguridad social dependa de la elección de sus inversiones. Por lo tanto, para el sector público en general, el futuro supondrá mayores privatizaciones”.

 

*Alex Callinicos: http://en.wikipedia.org/wiki/Alex_Callinicos

**Economía del Conocimiento: http://es.wikipedia.org/wiki/Econom%C3%ADa_del_conocimiento

***Tercera vía: http://es.wikipedia.org/wiki/Tercera_v%C3%ADa

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Mitos de la “nueva economía”:

Las empresas que hoy tienen éxito son aquellas que pueden hacerse con una marca popular, y de manera creciente la creación de marcas depende no de la asociación con un producto en particular, sino de saber interceptar las fuentes del nuevo conocimiento generado por una sociedad cada vez más y más basada en la ciencia. Las que mejor se adaptan a esta tarea no son las gigantescas corporaciones multinacionales, sino compañías más pequeñas, más libres, casas más emprendedoras, con estructuras informales, no-burocráticas, que maximizan la creatividad y que se eslabonan en redes descentralizadas. De este modo, el nuevo “capitalismo del conocimiento” trae consigo no tanto una concentración del poder económico como una dispersión. Así, a la manera clásica de la “tercera vía”, podemos tener el pastel y comerlo –fusionar el dinamismo capitalista aplaudido por la nueva derecha con la justicia social  que buscaba la vieja izquierda.

Este discurso cuenta con algunas elisiones. Éstas implican, fundamentalmente, la identificación de la creatividad y el espíritu empresarial. Entre los sermones de Leadbeater están las historias de la gente que ha sido capaz de ofrecer mejoras reales a unas clases trabajadoras debilitadas. Esas personas, sin duda admirables, se describen como “empresarios sociales” y poseen, esencialmente, las mismas habilidades que se necesitan para obtener beneficios en el mundo de los negocios. De esta forma, se da un aire humanitario a los negocios privados mientras que, al mismo tiempo, se ofrece un modelo de libre empresa como respuesta a la pobreza y a la desigualdad. Entretanto, tal y como insiste de forma implacable Leadbeater, la misma expresión “capitalismo del conocimiento” sugiere que la innovación científica es propiedad exclusiva del sector privado. El problema es que, como a veces está obligado a reconocer, esto es totalmente falso; la investigación científica que subyace al cambio tecnológico que alaba de forma tan ansiosa es, en buena parte, un producto del sector público: “Esta explosión de conocimiento científico fue posible gracias a la enorme inversión del Estado en investigación, especialmente entre las dos guerras mundiales y la guerra fría”.

Internet es un ejemplo de ello: la creación del DARDA, la agencia de investigación del Pentágono. Como dice Castells, “el iniciador de la revolución informática, tanto en América como en el resto del mundo, fue el Estado y no un empresario innovador en su garaje”. En efecto, el tipo de empresariado del conocimiento que tanto admira Leadbeater a menudo parece implicar el saqueo de la investigación fundamental realizada a cuenta del capital público para provecho de avariciosos y ambiciosos individuos privados. Y acepta esto cuando en una reveladora metáfora afirma: “Las universidades deberían ser minas a cielo abierto de la economía del conocimiento”. De este modo, el nuevo “poscapitalismo” resulta ser algo parecido a un parásito que obtiene las ideas a costa de la investigación financiada públicamente. No es extraño que Leadbeater no pueda decir nada coherente o interesante sobre una de las más serias amenazas para todo el proceso de la investigación científica: el visto bueno del gobierno de Estados Unidos y de la Unión Europea para que las empresas patenten genes. Un capitalismo tan voraz que se esfuerza por consumir no sólo el mundo sino también aquellas propiedades abstractas de la naturaleza puestas de manifiesto popr la investigación científica, a duras penas juega algún papel en su acogedor retrato del futuro.

Leadbeater no ignora por completo las desventajas. Reconoce que incluso su amado Silicon Valley “tiene una cultura cívica débil y […] es una sociedad sumamente desigual”. De hecho llega a admitir que “me doy perfecta cuenta de que la inseguridad y la desigualdad profundas y crónicas generadas por esta etapa de la globalización son el principal problema para la mayoría de la gente, y que las medidas que se proponen en este libro para tratar de resolver la creciente desigualdad no van lo suficientemente lejos”. Puede repetirlo: Leadbeater sostiene que “debemos innovar e incluir”, pero el sentido general de sus propuestas para la política pública es reforzar aún más los procesos que tanto han aumentado las diferencias sociales a lo largo de las dos últimas décadas. Espera ansioso que el régimen tributario moderno se atrofie y que el acceso de los individuos a la seguridad social dependa de la elección de sus inversiones. Por lo tanto, para el sector público en general, el futuro supondrá mayores privatizaciones. De las escuelas, por ejemplo, deberían hacerse cargo “nuevos tipos de intermediarios, democráticamente responsables, […] asociaciones creadas por las escuelas, servicios dirigidos por organizaciones benéficas y compañías privadas”, aunque Leadbeater no se molesta en explicar cómo las organizaciones benéficas o las compañías privadas podrían asumir esta responsabilidad.

Su superficial argumento muestra una asombrosa falta de sensibilidad para con las diferencias reales en el acceso de los individuos a los recursos y, por consiguiente, en las oportunidades que la vida ofrece. Considérese, por ejemplo, el siguiente párrafo: “La mayoría de nosotros nos ganamos la vida ofreciendo un servicio, un juicio, una información o un análisis tanto desde una centralita telefónica, el despacho de un abogado, un departamento de gobierno o un laboratorio científico”. Con total seguridad, en las economías avanzadas, la mayoría de nosotros producimos un servicio. Pero lo hacemos bajo condiciones radicalmente distintas. El operador de un centro de llamadas que realiza un trabajo semiautomático, mal pagado y altamente supervisado (el mismo Leadbeater describe las centralitas como las “fábricas” de la “economía de servicio moderna”) vive en un mundo diferente al de, pongamos por caso, el jefe del departamento de investigación de un banco de inversiones de Wall Street, cuya duda es si su próxima bonificación será de cuatro o de cinco millones de dólares. Sin embargo, los dos son trabajadores del sector de los servicios. La categoría no es que sea de mucha utilidad analítica porque no registra las diferencias en lo que Marx llamó las relaciones de producción –la gran disparidad entre los ingresos del operador del centro de llamadas y los del trabajador de la banca de inversiones refleja su distinta posición en la estructura del poder económico tanto en el trabajo como en el mercado laboral.

 

Referencia:

Callinicos, A. Contra la tercera vía. Una crítica anticapitalista. Crítica, Barcelona, 2002 pp. 44-48

 

 

 

José Luis Pardo: ´Hay un desmantelamiento de la Universidad disfrazado de revolución pedagógica´

“Quienes gobiernan la cultura impresa intentan disimular sus fracasos con el anuncio de la revolución digital, pero la verdad es que el aprendizaje no será más fácil con artilugios digitales”

ANDRÉS MONTES | La Opinión de La Coruña. José Luis Pardo (Madrid, 1954) cumple con el cometido clásico del filósofo y tritura con eficacia el discurso dominante. Por eso en el X Seminario europeo sobre empleo celebrado días atrás alertó del desmantelamiento de la Universidad y de su sustitución por un sistema de formación superior a merced en exclusiva del mercado laboral. Catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, avisa también del espejismo del cambio de era y de nuestra imposible transformación en seres reciclables de continuo, tal como parece exigir el sistema productivo. En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo con La regla del juego. La dificultad de aprender filosofía y ahora recopila sus trabajos de los últimos años en Nunca la basura fue tan hermosa.

 

-Usted es contrario a las recetas más comunes sobre la enseñanza universitaria y defiende la autonomía del saber frente a quienes tienen una visión más instrumental de la formación, orientada al ámbito laboral y a las necesidades del mercado.

 

-Yo creo que es al revés, es decir, creo que son ellos, los que orientan la formación superior al ámbito laboral, quienes se han salido de las recetas comunes. Desde que la Ilustración inventó la Universidad y la escuela pública, éstas han sido lugares donde, por así decirlo, los niños y los jóvenes se mantenían a salvo de la urgencia de la necesidad inmediata o de lo que ahora se llama el “mercado laboral”, cosa que para los que pertenecen a los sectores menos favorecidos ha sido esencial en su batalla contra la desigualdad económica. Los conocimientos adquiridos en el espacio de la escuela y en régimen de igualdad de oportunidades podían modificar la trayectoria biográfica de los desfavorecidos cuando se integraban en la sociedad. Antes de la Ilustración, por así decirlo, los niños y los jóvenes, si es que puede hablarse de tal cosa antes de la Ilustración, estaban mucho mejor adaptados al “mercado laboral”, en el que ingresaban en cuanto estaban físicamente maduros para hacerlo, pero también estaban adaptados a la tiranía y al despotismo. Y da miedo que esto mismo suceda cuando se acabe de desmantelar la Universidad Ilustrada para instalar en su lugar esta otra formación laboral acelerada. Yo creo que la Universidad está al servicio de la sociedad, y que si la sociedad necesita puentes la Universidad tiene que proporcionar los ingenieros capaces de construirlos, de modo que no se caigan a la primera tempestad; pero para eso tienen que aprender a ser ingenieros, es decir, no atender a las expectativas, caprichos o ansiedades de la sociedad, de los políticos ocurrentes, del mercado laboral, de los analistas financieros, o de su familia, sino al coeficiente de torsión del acero, a la resistencia de los materiales o a la densidad del cemento. Y lo mismo vale para el Latín, que también hace un servicio a la sociedad. Es lo que yo llamaría “autonomía del saber”, y diría que sin un saber autónomo la Universidad no puede ser útil socialmente.

 

-La paradoja es que las exigencias del mercado laboral son muy cambiantes, hasta el extremo de que una de las cualidades que más se valora es la adaptabilidad, la capacitación para asumir cometidos de amplio espectro, por así decirlo. En esa línea lo que debiera primar son los saberes amplios y no condicionados a la inmediatez del empleo.

 

-Es llamativo que la reclamación de los empresarios contra el saber académicamente reglado es que éste sobrecualifica a los estudiantes. ¡Nunca habríamos pensado que íbamos a tener que quejarnos de que nuestros estudiantes sabían demasiado!, aunque esto es algo más bien de los tecnócratas del management, no creo que los empresarios de verdad estén involucrados en ello. Lo que se exige a la Universidad es la descualificación del conocimiento, algo que ya se está logrando con los nuevos grados. Estos nuevos tecnócratas son enemigos de la rigidez, pero hay que recordar que no toda rigidez es mala de suyo. Hay al menos dos que no lo son: la rigidez de la ciencia, que procede de las cosas mismas de las que trata y a la cual debe la técnica su eficacia a la hora de transformar la realidad, y la rigidez del derecho, que introduce en las relaciones humanas la inflexibilidad de la justicia que hace la convivencia llevadera y elimina de ella la violencia. A ver si lo que se nos pide es que “flexibilicemos” la investigación a costa de la verdad o las relaciones laborales a costa de la justicia.

 

-Advierte usted de que eso tan traído de la sociedad del conocimiento consiste en realidad en dotar a los universitarios de “habilidades neoproletarias”…

 

-La expresión “sociedad del conocimiento” es un eslogan particularmente preocupante. Con ese rótulo se designa simplemente la extensión social de las tecnologías de la comunicación telemática, bajo la creencia absurda y supersticiosa de que el cambio de medio provocará inmediatamente y por arte de magia un aumento del conocimiento y hasta de la virtud; pero no ocurre solamente que quien es ignorante permanecerá ignorante por muchos ordenadores que se le administren, y que ni el cálculo diferencial ni el solfeo se harán milagrosamente más fáciles por culpa de los artilugios digitales, sino también que quien posee una cultura científica o humanista solvente recibirá estas tecnologías como un bendición que facilitará su tarea, mientras que quien carece de esa cultura sólo podrá utilizarlas para cosas como reservar vuelos baratos o descargar más rápidamente pornografía, actividades que en sí mismas son impecables si se mantienen en los límites de la legalidad, pero que no podemos confundir con la cultura intelectual o con el aumento del conocimiento. Conocimiento no es lo mismo que información, e información no es lo mismo que “datos”. Para que haya información hacen falta periodistas, y para que haya conocimiento hacen falta especialistas.

 

-¿Qué papel le queda a la Universidad?

 

-Hay un papel para la Universidad en las sociedades herederas de los valores ilustrados, no sólo como templo del saber y lugar público de formación superior de los jóvenes, sino también, como acabamos de recordar, como compensadora de los desequilibrios sociales y económicos mediante la igualdad de oportunidades. Puede que algunos políticos hayan decidido que hay que acabar con la Ilustración y con todas las instituciones que encarnaron esos valores. Puede incluso que la sociedad legitime ese programa, aunque lo dudo mucho. Si es así, yo pido que se diga claramente, en lugar de disfrazar el desmantelamiento de estas instituciones hablando de una revolución pedagógica sin precedentes que nos colocará en los puestos de cabeza del ranking internacional del conocimiento basura, o conocimiento rápido, o de una adaptación meteórica a las nuevas tecnologías. No estoy satisfecho con la actual Universidad española, pero la reforma que necesita no es la de los tecnócratas que quieren proceder a su privatización moral.

 

-Íbamos a refundar el capitalismo y, en realidad, nos extorsionan los mismos que nos metieron en esto.

 

-Yo creo que los tecnócratas que han diseñado el Espacio Europeo de Educación Superior saben de la Universidad lo mismo que los analistas financieros que provocaron la crisis saben de las empresas, es decir, absolutamente nada, si excluimos el instinto infalible para saber de dónde sacar el dinero. Y las agencias de evaluación de la calidad que velan por la docencia y la investigación funcionan exactamente igual que las agencias de calificación del riesgo que hoy hunden países enteros y ayer encontraron completamente sanas empresas a las que sólo quedaban veinticuatro horas de vida. El mero hecho de que se llegase a hablar de una “refundación del capitalismo” prueba no solamente las cotas tan altas que puede alcanzar la propaganda cuando su discurso está completamente vacío e hinchado únicamente de aire retórico, sino también la idea que estos mismos tecnócratas de las escuelas de negocios se hacen de la sociedad, como si fuese un juguete que se puede armar y desarmar como los niños hacían antes con sus rompecabezas, y no un delicado dispositivo que reposa sobre siglos de tradición y mares de sangre.

 

-Da la impresión de que al final las aguas económicas volverán a su cauce y sólo quedarán fuera de juego quienes no hayan conseguido reconvertirse, esos de los que usted habla en Nunca la basura fue tan hermosa, su libro más reciente.

 

-Sí, pero lo malo es que ésos, los no indefinidamente reciclables, somos nosotros. La idea, tan propia de nuestro tiempo, de edificios u objetos que ya de entrada se conciben para el reciclaje -y, por tanto, aunque suene un poco mal, que ya de entrada se conciben como basura- da lugar a un tipo de entidades y de construcciones que nos son muy familiares, que carecen de toda consistencia porque pueden ser inmediatamente transformadas en cualquier otra cosa: centros de convenciones, hospitales, viviendas familiares, hoteles u oficinas. Este mismo modelo es inaplicable a los seres humanos, porque éstos no son infinitamente reciclables ni están concebidos de origen con ese fin, sino, al contrario, con el de morirse. El dolor que produce el enfrentar una y otra vez a los seres finitos y vulnerables que somos al imperativo social de la reconversión y el reciclaje es uno de los principales componentes del malestar de nuestras sociedades, engatusadas con la ideología del rejuvenecimiento constante sin sufrimiento ni muerte. Y con el añadido de la sensación de culpa que se genera en quienes sienten su incapacidad para reciclarse como una tara psicológica que los inhabilita para el éxito.

 

-Los mercados son temerosos, las crisis tienen un fuerte componente psicológico y los inversores actúan, según Almunia, como miopes que sólo perciben perfiles difusos. Parece que nunca hemos estado a merced de dioses tan patosos.

 

-Bueno, los dioses en general siempre fueron peores que los hombres, según decía Walter Benjamin. Y los que estaban hambrientos de guerra y sangre no eran precisamente mejores que estos de las finanzas, lo malo no es la incertidumbre que genera el mercado, o la miopía de los inversores. Lo malo es que la política esté a merced de esos miopes.

 

-Aunque le pese a Bob Dylan, para usted los tiempos no están cambiando.

 

-Bueno, digamos que cuando escucho decir todo eso de que estamos viviendo un cambio de era inaudito, que todo lo que hemos aprendido y heredado ya no nos servirá de nada porque nos aproximamos a un período de inseguridad, incertidumbre, transformaciones imprevisibles y constantes mutaciones…, o eso otro tan socorrido de que “tenemos que cambiar el chip”, me da la impresión de que se trata de mantenernos entumecidos por el miedo para que abandonemos sin resistencia conquistas que llevaron mucho tiempo y esfuerzo, como se resume en aquella genial viñeta de El Roto cuya letra decía: “Por su propia seguridad, permanezcan asustados”. No niego que las cosas se han modificado de un modo importante en los últimos doscientos años, algunas no lo suficiente, por cierto, pero creo que mientras no esté claro que tenemos una alternativa a nuestras viejas democracias parlamentarias y nuestro amenazado Estado de derecho es mejor que no lo vendamos demasiado barato, que ya sufre demasiadas erosiones por parte de sus enemigos.

Fuente: http://www.laopinioncoruna.es/cultura/2010/05/16/jose-luis-pardo-hay-desmantelamiento-universidad-disfrazado-revolucion-pedagogica/385233.html